martes, 22 de octubre de 2013

Hacerse bruja


“Se llaman brujos o brujas a los hombres o mujeres que después de haber renegado de Dios y de la religión se han entregado al Diablo en virtud de un pacto formal, a fin de obtener de él el poder de obrar toda clase de maravillas que serían imposibles en un orden natural.”

A modo histórico, rescato desde el capitulo 4 de Ars Malefica (suplemento para Aquelarre) el proceso de investidura en once pasos por el cual una mujer se convertía en bruja, siempre según el demonólogo Francesco Guazzo:

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  1. Negación de la fe cristiana. 
  2. Rebautizo del aspirante por el Diablo con un nuevo nombre no cristiano. 
  3. Eliminación del crisma bautismal. 
  4. Renuncia a los padrinos cristianos a cambio de nuevos padrinos satanistas. 
  5. Entrega al Diablo de una pieza de ropa usada (y sudada) en prenda (en caso de que el nuevo converso abjurara de sus promesas, el Diablo podrá castigarle a través de esta prenda, inflingiéndole mil y un suplicios hasta que vuelva a su lado). 
  6. Juramento de fidelidad al Diablo en el interior de un círculo mágico. 
  7. Inscripción del nombre del nuevo converso en el Libro de la Muerte (los que están inscritos en este libro pierden toda posible esperanza de redención el día del Juicio Final). 
  8. Promesa de sacrificar niños al Diablo. 
  9. Conformidad en pagar el tributo anual al Demonio que se designe (no se trata de pagar dinero, sino de llevar a cabo determinadas tareas o misiones, siempre malvadas: se las conoce como “las ofrendas negras”). 
  10. Imposición de la marca del Diablo. 
  11. Votos de servicio al Diablo (no adorar jamás el Sacramento, no utilizar jamás agua bendita, guardar silencio sobre los tratos con el Diablo).
Pero, ¿qué empuja al buen cristiano a la brujería? Por un lado, los antiguos paganos lo pueden ver como un paso natural, ya que sus prácticas se acercan a las del antiguo paganismo. Por otro, tenemos la represión de la propia sociedad, pues no nos engañemos, la Edad Media es un tiempo duro y los campesinos son los más desfavorecidos de todos, y muchos ven la brujería y la adoración al demonio como un modo de escapar de esta opresión. Sus rituales respiran la libertad de los ritos de antaño y no se hacen ascos a abusos, excesos y sexualidad desbordada, amén que es una forma de oposición a la sociedad en general y a la Iglesia en particular.
También tenemos a los que siguen los caminos de la brujería por pura necesidad — quizá la viuda sin medios para subsistir se echa a los brazos del diablo y los suyos para no morir de hambre— o por el mero capricho, para alcanzar lo inalcanzable por medios convencionales. A veces, es el propio demonio el que entra en escena, apareciéndose a los necesitados y ofreciéndoles sus servicios, a cambio, claro, de que se le unan.
Y al final están los que, por avatares del destino, parecen destinados a la brujería, como los nacidos en fechas muy señaladas como Navidad o Viernes Santo, que con su nacimiento se mofaban de Cristo ya que nacían el mismo día que Él había nacido o muerto (aunque este destino normalmente se reserva a mujeres, pues hombres nacidos en esta fecha se consideraban candidatos a buenos salutadores, todo dependerá de las costumbres y creencias de cada lugar en concreto).

La costumbre popular aseguraba que:
  • Aquella niña nacida en la medianoche del Día de Difuntos puede hablar con los muertos. 
  • Naciendo dos hembras gemelas, la superviviente será buena para curar hechizos. 
  • La mujer que conciba siete hijas y ningún varón, la última será bruja 

Para que una persona se convierta en brujo o bruja primero ha de llegar a algún tipo de pacto con el demonio, que los demonólogos ven como el auténtico bautismo al mundo infernal. A veces este pacto es general, simplemente ponerse al servicio del demonio a cambio de que éste le conceda el conocimiento de la magia (lo cual normalmente implica la pérdida del alma); en otras ocasiones el pacto es más especifico, fruto de la necesidad o del capricho para conseguir lo ansiado, aunque posteriormente, cuando ello sea satisfecho, el beneficiario debe unirse a la sociedad brujeril (quiera o no, aunque un mortal especialmente listo puede librarse), cumpliendo los mandatos del diablo.

Si el pacto era específico, normalmente se establecía un contrato o documento legal que ambas partes debían firmar, inscribiendo el diablo su firma y/o sello y la persona su firma rubricada en sangre. Si el pacto era por el simple hecho de convertirse en bruja o ponerse al servicio del diablo no solía existir tal documento, conformándose el diablo sólo con marcar a la víctima. Un célebre pacto fue el del francés Urbano Grandier, cura de San Pedro de Loudun, acusado de haber introducido al demonio entre las religiosas ursulinas de dicha ciudad.
En su proceso un exorcista aportó el pacto como prueba, que, según dijo, había conseguido gracias al valimiento que tenía con un demonio guardián del archivo infernal. El pacto rezaba así:

“Amo y señor Lucifer: Os reconozco mi dios y príncipe y prometo serviros y obedeceros mientras viva. Renuncio a otro Dios, como Jesucristo, a los santos y santas y a la Iglesia Apostólica y Romana, a sus Sacramentos y a todas las oraciones y preces que los fieles puedan impetrar por mí. Prometo hacer todo el mal que pueda y que los demás hagan. Renuncio al crisma, al bautismo, a todos los méritos de Jesucristo y de sus santos; y si dejo de serviros, adorados, y no me postro ante vos una vez al día, os doy mi vida como vuestro bien. Urbano Grandier.” 

En este pacto se ven las obligaciones de la bruja con el diablo, pero si algo curioso tiene es que existe otro documento que lo acompaña, firmado por el diablo, a modo de recibo, y que expone los beneficios del pacto (lo normal es que todo estuviese incluido en el mismo documento):

“Nos, el muy poderoso Lucifer, secundado de Satanás, Belzabut, Leviatham, Elimi, Astarot y otros, hemos aceptado en el día de hoy el pacto de alianza de Urbano Grandier, que se nos entrega; y le promete el amor de las mujeres, la flor de las doncellas, el honor de las monjas, las dignidades, los placeres y las riquezas: fornicará cada tres días, la embriaguez le será gustosa, cada año, una vez, nos ofrecerá un homenaje firmado con su sangre, hollará con sus pies los sacramentos de la Iglesia y nos dirigirá oraciones. 
En virtud de este pacto vivirá veinte años feliz en la tierra de los hombres, y vendrá luego entre nosotros a maldecir a Dios. Hecho en los Infiernos en el consejo de Demonios. Han firmado Lucifer, Belcebut, Satanás, Elimi, Leviatham, Astarot. Visado con la signatura y sello del maestro diablo y de los S.S. príncipes de los demonios. Contraseña. Barberito, secretario.” 

Para llegar a este pacto existen dos caminos claros: o buscar algún tipo de tutor humano que guíe a la futura bruja en los caminos del Maligno o que ella misma invoque al diablo para realizar el pacto. La búsqueda del tutor puede ser sencilla o complicada, según la presencia brujeril de la zona en cuestión: si en la comarca hay fama de aquelarres, siempre se puede presentar en uno para unirse o, si existe gente con fama de bruja, se puede acudir a ellas pidiendo ser aprendices.
Si la búsqueda del tutor no es tan sencilla, el interesado debe invocar al Maligno para hacer el pacto, lo cual puede ser complicado si se usan los hechizos ordinarios o más sencillo, si se tiene en cuenta la creencia popular sobre algunos rituales y prácticas supersticiosas que permiten a los aspirantes convertirse en brujas, algunos tan inocentes como acudir a un puente o cruce de caminos a medianoche (lugares entre dos sitios, conectados de alguna manera con el Otro Mundo pagano) y tumbarse, llamando al diablo, o darle varias vueltas a una iglesia mientras se reniega de la fe.


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